miércoles, 19 de octubre de 2016

Pedrito el mentiroso



Pedrito siempre inventaba historias. Tenía mucha imaginación y sus historias eran tan disparatadas que nadie lo tomaba enserio y por eso le llamaban "Pedrito, el mentiroso"

- Mamá, ¡anoche vino un extraterrestre a mi habitación y me llevó a la Luna! – le dijo una mañana a su mamá.
- Pedrito hijo, ¡Qué cosas tienes! – le dijo su madre.

Un día de vacaciones, Pedrito se fue al campo y encontró una casa muy antigua de la que salían ruidos muy extraños. 

- ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? –gritó.

Pero nadie salió de la casa, así que Pedrito abrió la puerta y… alucinó cuando vio lo que había dentro. 

- ¿Quién eres? ¿Qué es eso? – preguntó.

Allí había un anciano con gafas de culo de vaso rodeado de cacharros y una especie de máquina gigante.

- No te puedo decir qué es esto, niño. ¡Vete de aquí anda! – le dijo el anciano.

Pero Pedrito no se fue. Se escondió y, sin que el anciano se diera cuenta, se metió dentro de la máquina.

- ¡Ahora sí! ¡Por fin funcionará después de tantos años! – dijo el anciano en voz alta.

De repente, se encendieron un montón de luces, empezó a salir humo y la máquina comenzó a moverse muy rápido hasta que por fin paró.

La puerta se abrió y Pedrito asomó la cabeza. Todo era blanco a su alrededor. 

- ¿Dónde estoy? – se preguntó.

Pero, de un golpetazo, la puerta se volvió a cerrar, se volvieron a encender las luces , salió todo ese humo y se volvió a parar.

Cuando la puerta se abrió, Pedrito vio al anciano mirándolo atónito.

- Pero, ¿qué estás haciendo ahí? - Le preguntó el anciano.

Pedrito, muy sorprendido, sólo quería saber qué era lo que había pasado.

- Llevo muchísimos años trabajando en esta máquina y, si todo ha salido bien, creo que has viajado a la luna.

Pedrito no podía creerlo…¡Había viajado a la luna!

No tardó ni un segundo en salir corriendo para contárselo a todo el mundo, pero, como era de costumbre, nadie lo creyó.

- Si no me creéis, ¡venid conmigo! – les dijo a todos.

Todos fueron en busca del anciano, pero cuando llegaron a la vieja casa, allí sólo había trastos. No había ni rastro de la máquina o del hombre.

Nadie lo creyó y Pedrito se dio cuenta aquel día de que no le merecía la pena mentir a todo el mundo con sus historias porque si no nadie le creería cuando contase la verdad como en aquella ocasión.

Aprendió la lección y nunca más mintió, hasta que con el paso del tiempo, cuando volvió a contar la historia del viaje a la luna, por fin todos le creyeron.

miércoles, 12 de octubre de 2016

HISTORIAS SOBRE LA HONESTIDAD 1

Un fin de semana de acampada

Pablo y Fer eran dos hermanos gemelos idénticos. La gente los confundía, porque lo único que les diferenciaba era una mancha que Fer tenía en la mano.

Pero, aunque Pablo y Fer eran iguales físicamente, tenían personalidades distintas. Pablo era un niño muy bueno y Fer era bastante cafre.

-¿Quién se ha comido la tarta? -preguntó un día la madre de Fer y Pablo.

-¡Ha sido Pablo! -dijo Fer, culpando a su hermano.

Y, como siempre, Fer se aprovechaba de que los dos eran iguales para conseguir que Pablo se llevara el castigo sin merecerlo.

Un fin de semana que fueron de acampada con el colegio, Fer hizo muchas trastadas.

-Voy a esconder por el campo las mochilas de todos los niños. ¡Me voy a reír un montón cuando despierten y se den cuenta! -pensaba Fer mientras hacía una de las suyas.

A la mañana siguiente, los niños no podían creerlo:

-¿Dónde están nuestras mochilas? -se preguntaban.

La profesora se enfadó y avisó de que el responsable se iba a llevar un gran castigo, pero Fer volvió a echar las culpas a su hermano:

-¡Oh, Oh! Puede ser que mi hermano Pablo las haya escondido, porque resulta que es sonámbulo y se levanta por las noches a hacer cosas como esta -explicó Fer.

-Sí, seguro, porque me pareció verlo salir de la tienda -comentó otro niño.

Fer se salió con la suya y todos creyeron que había sido su hermano, pero Pablo estaba tan harto que pensó en un plan. Esperó a que Fer hiciera alguna de las suyas y se escondió en unos matorrales con una cámara de vídeo para grabarlo.

Fer gastó otra broma sin gracia a todos y se dedicó a colgar las zapatillas de los niños en los árboles. 

-¡Mirad dónde están nuestras zapatillas! ¡Seguro que ha sido Pablo otra vez! -dijeron todos muy enfadados por la mañana.

-¡Sí, sí! Yo lo vi por la noche fuera de la tienda! -dijo otro niño

-¡No he sido yo! ¡Lo prometo! ¡Mi hermano siempre me culpa a mí, pero tengo la prueba que os demostrará que soy inocente! -dijo Pablo.

Y así fue. Pablo mostró el vídeo a todos y pudieron ver la mancha de la mano de Fer. Fer se avergonzó muchísimo y, por primera vez, se dio cuenta de lo gamberro e injusto que era.

Todos se enfadaron un montón y lo pasó tan mal que aprendió la lección. Desde entonces, nunca más se aprovechó de que él y su hermano eran iguales para hacer esas cosas tan malas y librarse del castigo.